En el matrimonio cada uno asume su propia responsabilidad ante Dios

Habiendo declarado el misterio del matrimonio, el cual ilustra la relación de Cristo y su iglesia, el apóstol Pablo hace un resumen final de lo que ha venido instruyendo tanto al esposo como también a la esposa.

Por lo demás, cada uno de vosotros ame también a su mujer como a sí mismo; y la mujer respete a su marido.  Efesios 5:33

Cada uno

Esto es un asunto individual. Aunque el matrimonio ilustra aquella relación eterna de Cristo y su Esposa, la iglesia, sin embargo no podemos olvidar que las instrucciones son dirigidas a los hombres y mujeres en la tierra, quienes tienen el deber de reflejar aquella unión de la cual el matrimonio aquí es solo una sombra de lo que será un día en el cielo.

Como ya lo había declarado unos versos atrás (Efesios 5:22, 25), el Señor por su Palabra nos recuerda para concluir, que los deberes primeros o principales del hombre y la mujer en su matrimonio están claros: cada esposo debe amar a su esposa en la misma medida en que se ama a sí mismo y cada esposa deberá respetar a su esposo.

“Yo ya no amo a mi esposa, porque ella no se sujeta”, o “Yo no me sujeto a mi esposo, porque no es amoroso conmigo”. Estas son probablemente dos de las excusas primeras que tienen algunos esposos(as), como el pretexto para no acatar su deber ante Dios y ante su cónyuge.

Sin embargo, el texto nos deja claro que es a cada uno a quien se le ha declarado su deber. Esto nos recuerda que el asumir nuestra responsabilidad ya sea de amar o de sujetarse, no depende de si la otra parte asume la propia o la ignora y desatiende. Cada uno de nosotros daremos cuenta a Dios un día por lo que nos corresponde a nosotros hacer, indistintamente de lo que haya hecho el otro.

Es cierto que, si encontramos en nuestro cónyuge una sujeción a la Palabra de Dios y acata su propio deber ante Él, entonces el cumplimiento de nuestros deberes serán más fáciles y placenteros. Pero no debemos olvidar que, si nos llamamos cristianos, tanto el amar como el sujetarnos lo hacemos primeramente por amor a Cristo y no depende de la respuesta de nuestro cónyuge.

Aunque seamos cristianos, no hemos dejado de ser hombres y mujeres pecadores que requerimos con urgencia la ayuda, la llenura del Espíritu, si queremos matrimonios que glorifiquen a Dios y reflejen a Cristo y su iglesia.

Así pues, cada uno de vosotros ame también a su mujer como a sí mismo; y la mujer respete a su marido. Clic para tuitear

Fraternalmente, pastor Juan

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